- Únete a al aventura me dijiste. ¿!Por qué diablos
del averno te haría hecho caso!? - Mascullo Triskelión.
- Hombre, una aventura si que es. - Dijo Xifot con
cierto temblor en la voz. - No lo puedes negar.
Esa temblorosa voz podría ser debido a la risa o al
miedo. Era pura imbecilidad pensó Triskelión. En menudo berenjenal estaban
metidos. ¿Quien es mas loco, el loco o el que sigue al loco? Xifot podía ser un
completo imbécil, pero mas lo había sido él por hacerle caso. Se prometió a si
mismo que nunca jamás en la vida volvería a dar crédito a lo que saliera de la
boca de aquel imbécil. Claro, que para poder cumplir esa promesa primero tenían
que salir vivos de aquel agujero. Por todos los dioses, iban a morir por
veinticinco monedas. Triskelión aun se asusto mas de lo que estaba al
descubrirse a si mismo rezando a los dioses buenos. Toda su vida abjurando y burlándose
de ellos. Orgulloso de no necesitarlos para nada. Mofándose de los devotos. Y
ahora, a la hora de la verdad, rodeado por el enemigo, ante la perspectiva de
una muerte horrible Triskelión besaría las polvorientas sandalias del Dios de
los granjeros con tal de tener una posibilidad de salir de allí de una pieza.
"Que me dirías si te dijera que vamos a pasar
unos días en la ciudad y con monedas en las bolsas." Un par de horas atrás,
en los dormitorios Xifot había interrumpido su lectura. Era la tercera vez
Triskelion leía ese libro, ya había leído dos veces todos los libros de la
fortaleza, no es que leyese rápido, es que habían muy pocos. De esa manera cometió
el primer error: prestar atención a Xifot. Sus monsergas y fanfarronadas eran
aburridas, pero el tomo que estaba releyendo era aun mucho peor. “La sucesión de los fueros de la marca”. El hastío y el aburrimiento nunca han sido buenos consejeros, por ello cometió el segundo error: creer que algo de lo que decía Xifot pudiese ser verdad. ”Sé dónde capturar a un chamán.”. Las alarmas deberían de haberse activado dentro de la cabeza de Triskelión. Un imbecil de la calaña de Xifot sería incapaz de enfrentarse y mucho menos tomar prisionero a todo un chamán caraperro. Antes de que pudiese objetarle el zalamero Xifot le regaló los oídos dándole a entender que Triskelión era el mejor en lo suyo y que con solo ellos dos podrían capturarlo. Durante una hora continuó hablando Xifot de todos los conocimientos que Xifot poseía sobre los caraperros, de sus luchas y combates, experiencias y “aventuras”.
Se habían transladado al rincón más privado de la cantina y Xifot soltaba todas sus retahílas delante de unas cervezas. Triskelión ya las había escuchado en anteriores ocasiones pero de entre sus exageraciones puedo entresacar como un aquel se había enterado de cómo podrían capturar a un chamán dos tipos solos.
En las noches de luna, como era en la que estaban, y en determinadas noches, como poda ser aquella misma, los chamanes caraperros hacían algún ritual que los llevaba a sumergirse en aguas limpias completamente desnudes, y al parecer solos. Napier había visto a uno de ellos y por qué no se lo comunico de inmediato al comandante, porque había salido sin permiso para forrajear por su cuenta. Napier podía ser un fumador de hierbas y un comedor de hongos pero aquello cobraba todo el sentido. Con unas cuantas cervezas en el cuerpo parecía un juego de niños ir a la charca en donde había sido visto y estando desnudo y desarmado sería presa fácil. Después de eso el reconocimiento del Comandante y tal y como decía Xifot: días de permiso con monedas en la ciudad. Triskelion podía verse a sí mismo comprando libros después de una memorable noche de fiesta.
Se armaron y se dirigieron a la charca de agua salada a la que se había referido Napier. Hasta más tarde no supieron la extraordinaria suerte que habían tenido en un principio. Cuando llegaron pudieron permanecer ocultos casi hasta el borde del agua. Y allí tenían su presa, un caraperro de pelaje amarillento cuyos músculos se marcaban debajo de su hirsuta pelambrera. Podían entrever sus afilados dientes en un desconocido gesto de placer y tranquilidad al estar medio sumergido en el agua. Podría parecer un perro grande feliz disfrutando del baño, no una bestia sanguinaria y sadica capaz de matar con hierro y fuego. A punto estuvieron Triskelión y Xifot de saltar sobre él cuando vieron otros ojos que se abrían junto al chamán. Y no fueron los únicos. Los caraperros suelen ir llenos de barro, porqueria y mierda. No son limpios por naturaleza, aquel ritual practicado por el chamán era muy insólito. Por ello era muy fácil, demasiado, no distinguirlos en la noche aunque la luna estuviera clara. Triskelion contó cuatro, seis, doce antes de darse cuenta de que eran mu chose más. Un clan entero siendo testigo del ritual de su chamán. La extraordinaria suerte era que no los hubieran descubierto al acercarse allí. Sin embargo primero uno y luego varios hocicos empezaron a olfatear el aire. Triskelión percibía el olor a cerveza de su compañero. Los caraperros los descubrirían en breve. “Salgamos corriendo de aquí.” Le susurro a Xifot. El espanto en sus ojos le dio a entender que comprendía que estaba pasando y en que clase de lío se habían metido.
Al principio recularon sin hacer ruido, pero cuando los hociqueos se convirtieron en ladridos y estos en alaridos salieron corriendo a todo lo que daban sus piernas de sí. Aunque cualquiera de ellos dos doblaban en altura al más alto de los caraperros, estos se podían mover muy deprisa. Pronto tuvieron flechas y dardos silbando junto a ellos. Algo punzante se clavó en el brazo de Triskelión y pudo notar la llamarada del veneno. Antes de que llegasen a la mitad de camino que los separaba de la fortaleza serían atrapados o asaeteados. Eso si no tropezaban, entonces podían considerarse muertos. Peor que muertos, los caraperros no los matarían limpiamente. Se deleitarían con ellos sometiéndoles a todo tipo de torturas. A nadie en la fortaleza le gustaba hablar de ellas pero todos conocían los partimientos, la comida rápida, el vaciado de cráneo. Decenas de muertes agónicas desfilaban en la mente de Triskelión, pensamientos tan dolorosos como su brazo herido. Tan hiriente como saberse tan imbecil de haber acabado con su vida por veinticinco miserables monedas.
Entonces se cruzaron con los compañeros de la Fortaleza. El Comandante mismo encabezaba las tropas. Entre los oficiales, a su lado estaba Napier con cara de circunstancia. La llegada de los soldados hizo que todos los caraperros se batieran en retirada. Los dos compañeros cayeron de bruces al suelo. Xifot dijo que lo que les había pasado podía considerarse toda una aventura. Entre maldicientes y jadeos Triskelion le había hecho una pregunta sin darse cuento de ello.
Se habían transladado al rincón más privado de la cantina y Xifot soltaba todas sus retahílas delante de unas cervezas. Triskelión ya las había escuchado en anteriores ocasiones pero de entre sus exageraciones puedo entresacar como un aquel se había enterado de cómo podrían capturar a un chamán dos tipos solos.
En las noches de luna, como era en la que estaban, y en determinadas noches, como poda ser aquella misma, los chamanes caraperros hacían algún ritual que los llevaba a sumergirse en aguas limpias completamente desnudes, y al parecer solos. Napier había visto a uno de ellos y por qué no se lo comunico de inmediato al comandante, porque había salido sin permiso para forrajear por su cuenta. Napier podía ser un fumador de hierbas y un comedor de hongos pero aquello cobraba todo el sentido. Con unas cuantas cervezas en el cuerpo parecía un juego de niños ir a la charca en donde había sido visto y estando desnudo y desarmado sería presa fácil. Después de eso el reconocimiento del Comandante y tal y como decía Xifot: días de permiso con monedas en la ciudad. Triskelion podía verse a sí mismo comprando libros después de una memorable noche de fiesta.
Se armaron y se dirigieron a la charca de agua salada a la que se había referido Napier. Hasta más tarde no supieron la extraordinaria suerte que habían tenido en un principio. Cuando llegaron pudieron permanecer ocultos casi hasta el borde del agua. Y allí tenían su presa, un caraperro de pelaje amarillento cuyos músculos se marcaban debajo de su hirsuta pelambrera. Podían entrever sus afilados dientes en un desconocido gesto de placer y tranquilidad al estar medio sumergido en el agua. Podría parecer un perro grande feliz disfrutando del baño, no una bestia sanguinaria y sadica capaz de matar con hierro y fuego. A punto estuvieron Triskelión y Xifot de saltar sobre él cuando vieron otros ojos que se abrían junto al chamán. Y no fueron los únicos. Los caraperros suelen ir llenos de barro, porqueria y mierda. No son limpios por naturaleza, aquel ritual practicado por el chamán era muy insólito. Por ello era muy fácil, demasiado, no distinguirlos en la noche aunque la luna estuviera clara. Triskelion contó cuatro, seis, doce antes de darse cuenta de que eran mu chose más. Un clan entero siendo testigo del ritual de su chamán. La extraordinaria suerte era que no los hubieran descubierto al acercarse allí. Sin embargo primero uno y luego varios hocicos empezaron a olfatear el aire. Triskelión percibía el olor a cerveza de su compañero. Los caraperros los descubrirían en breve. “Salgamos corriendo de aquí.” Le susurro a Xifot. El espanto en sus ojos le dio a entender que comprendía que estaba pasando y en que clase de lío se habían metido.
Al principio recularon sin hacer ruido, pero cuando los hociqueos se convirtieron en ladridos y estos en alaridos salieron corriendo a todo lo que daban sus piernas de sí. Aunque cualquiera de ellos dos doblaban en altura al más alto de los caraperros, estos se podían mover muy deprisa. Pronto tuvieron flechas y dardos silbando junto a ellos. Algo punzante se clavó en el brazo de Triskelión y pudo notar la llamarada del veneno. Antes de que llegasen a la mitad de camino que los separaba de la fortaleza serían atrapados o asaeteados. Eso si no tropezaban, entonces podían considerarse muertos. Peor que muertos, los caraperros no los matarían limpiamente. Se deleitarían con ellos sometiéndoles a todo tipo de torturas. A nadie en la fortaleza le gustaba hablar de ellas pero todos conocían los partimientos, la comida rápida, el vaciado de cráneo. Decenas de muertes agónicas desfilaban en la mente de Triskelión, pensamientos tan dolorosos como su brazo herido. Tan hiriente como saberse tan imbecil de haber acabado con su vida por veinticinco miserables monedas.
Entonces se cruzaron con los compañeros de la Fortaleza. El Comandante mismo encabezaba las tropas. Entre los oficiales, a su lado estaba Napier con cara de circunstancia. La llegada de los soldados hizo que todos los caraperros se batieran en retirada. Los dos compañeros cayeron de bruces al suelo. Xifot dijo que lo que les había pasado podía considerarse toda una aventura. Entre maldicientes y jadeos Triskelion le había hecho una pregunta sin darse cuento de ello.
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